La historia de la caja de Pandora comienza con la historia de “Zeus, Prometeo y Epimeteo”.

Pandora, de Jules Joseph Lefebvre.
Pandora, de Jules Joseph Lefebvre.

Prometeo y su hermano Epimeteo eran Titanes, pero prometieron lealtad a Zeus y a los Olímpicos, ya que Prometeo tenía el poder de la profecía y sabía que Zeus vencería a los Titanes finalmente.

Zeus recompensó a Prometeo y Epimeteo por su lealtad y les concedió el honor de crear a las primeras criaturas que habitarían la Tierra. Epimeteo creó a los animales y les dio a cada uno una habilidad especial y les otorgó duros pelajes con los que protegerse en las noches y regular la temperatura de su cuerpo. Prometeo se tomó demasiado tiempo moldeando al hombre, y no pudo hacerse con ningún pelaje ya que Epimeteo ya los había utilizado todos los existentes. Prometeo sabía que el hombre necesitaba alguna forma de protección y le preguntó a Zeus si podía permitir que el hombre tuviera fuego. Zeus se negó. El fuego era solo para los dioses.

Prometeo ignoró a Zeus y le entregó el fuego al hombre de todos modos. Por esto, Prometeo fue castigado. Zeus lo ató con cadenas a una roca en las montañas del Cáucaso, donde nadie lo encontraría. Todos los días, Zeus enviaba un águila para que le devorase el hígado, que le volvía a crecer todos los días para hacerle soportar esta tortura eternamente. Aunque todo terminó cuando Heracles encontrara a Prometeo y mata al águila, dejando libe al titán.

Según la versión de Hesíodo, cuando los mortales e inmortales se separaron, Prometeo urdió un engaño para que, en adelante, cuando los hombres sacrificaran animales para los dioses, solo les reservaran los huesos y pudieran aprovechar para sí mismos la carne y las vísceras. Zeus, irritado por el ardid, les negó el fuego a los hombres, pero Prometeo, hurtándolo, se los restituyó (Teog. 535-570; Trabajos y días, 47-58).

La tortura del águila a Prometeo no fue suficiente castigo para Zeus, quien también creía que los humanos deberían ser castigados por aceptar el regalo prohibido del fuego de Prometeo. Para castigar al hombre, Zeus ordenó crear a una mujer, a la que llamó Pandora. Ella fue moldeada por Hefesto, con arcilla, a imagen y semejanza de la hermosa diosa Afrodita. Recibió los dones de la sabiduría, la belleza, la amabilidad, la paz, la generosidad y la salud de los dioses.

Prometeo, Mercurio y Pandora

Zeus ordenó a Mercurio que la enviase a la Tierra, con la idea de entregársela a Epimeteo como esposa. Aunque Prometeo, su hermano, le había advertido sobre el engaño de Zeus y le había dicho que no aceptara los regalos de los dioses, Epimeteo estaba demasiado fascinado con la belleza de Pandora y no pudo rechazarla.

William-Adolphe Bouguereau - Pandore
William-Adolphe Bouguereau – Pandore

De los dones que los dioses otorgaron a Pandora, el propio Hermes, se encargó sembrar en su ánimo mentiras, curiosidad y un carácter inconstante. Ello, sumado a los otros dones, configuraba un “bello mal”, un don tal que los hombres se alegren al recibirlo, aceptando en realidad una desgracia.

Como regalo de bodas, Zeus le dio a Pandora una caja (en la antigua Grecia esto se llamaba ánfora o jarra, por eso aparece a veces con esa forma en representaciones. La expresión «caja de Pandora» es una deformación renacentista) pero le advirtió que no la abriera. Pandora, que fue creada para eso, no pudo mantenerse alejada de la caja y la curiosidad de abrirla pudo con ella.

Cosas horribles salieron volando de la caja entonces… La codicia, envidia, odio, dolor, enfermedad, hambre, pobreza, guerra y la muerte; entre otros males de la vida…

Arthur Rackham
Arthur Rackham

Todas esas miserias habían sido dejadas salir al mundo. Pandora volvió a cerrar la tapa de la caja rápidamente. Pero lo último que quedaba dentro de la caja era esperanza. Desde entonces, los humanos han podido aferrarse a esta esperanza para sobrevivir a la maldad que Pandora había liberado.

 

John William Waterhouse - Pandora, 1896
John William Waterhouse – Pandora, 1896

Otras versiones del mito relatan que en realidad la jarra (o caja) contenía los bienes y no los males. La apertura de la jarra ocasionó que los bienes volaran regresando a las mansiones de los dioses, sustrayéndose de la vida de los hombres, que en adelante solo viven afligidos por males. Lo único que pudieron conservar de aquellos bienes es la esperanza.