El rey Ramiro II, apodado el Monje o “el Rey Campana”, por esta historia que os vamos a contar, fue rey de Aragón entre 1134 y 1157. Consideró, alrededor del año 1136, muy poco después de su acceso al trono, que era el momento oportuno para terminar con las presiones e insurrecciones que sufría por parte de la nobleza, la cual parecía no tenerle ningún respeto ni reconocerlo como autoridad superior. Con este fin, envió al Monasterio de San Ponce de Tomeras un mensajero que fue recibido por el abad, que había sido maestro del rey para pedirle consejo.

Ramiro II

El abad se encontraba trabajando en su huerto cuando el emisario llegó, mientras hablaba con él cortó unas coles, las que sobresalían más, y le dijo al mensajero:

“dile a tu amo lo que has visto”

Así lo hizo el caballero, entendiendo Ramiro la solución y el consejo de su amigo. Convocó Cortes, haciendo llamar a los principales hombres de las casas más importantes para que acudieran a Huesca con motivo de la fundición de una campana excepcional. Una campana que iba a poder oírse en todos los dominios de Aragón.

La oportunidad de hacerse notar en un acto de esa importancia hizo que todos asistieran al supuesto acto. Según iban llegando los nobles ordenó que invitasen a entrar uno a uno, a una sala, siguiendo el orden de “rebeldí”, es decir, los que le habían causado más problemas fueron los primeros en entrar. Una vez dentro, también uno a uno, eran sorprendidos por un verdugo que estaba oculto y decapitados sin piedad.

José Casado del Alisal, La campana de Huesca, 1880, óleo sobre lienzo, museo del Prado. Expuesto en el ayuntamiento de Huesca. (detalle)

Cuando ya había asesinado a la mayoría, colocó los cuerpos en círculo y colgó la cabeza del obispo de Jaca (al parecer el más beligerante) como si fuera un badajo e invitó a entrar en la sala al resto de señores. Con esta lección obtendría definitivamente el respeto, Ramiro II.

Página inicial de la comedia de Lope de Vega La Campana de Aragón (1623).

La historia es una clara apología del poder del monarca, y por extensión su autoridad sobre sus súbditos. Estos son castigados por su desobediencia y falta de lealtad a su señor, la historia justifica la mano firme ante las actitudes levantiscas o revolucionarias contra la autoridad, algo muy común en nuestra España durante toda su Historia.