—Pero mi amo, aunque no sea conde, es noble y rico, y lo que es más, sobrino del maestre de los templarios y aliado de la orden.

—Valientes herejes y hechiceros—exclamó entre dientes Mendo.

—¿Quieres callar, desventurado?—le dijo Nuño en voz baja, tirándole del brazo con ira—. Si te lo llegasen a oír serían capaces de asparte como a San Andrés.

(“El señor de Bembibre”, Enrique Gil y Carrasco)

Leyenda Templarios Ponferrada
Castillo templario de Ponferrada

La fama del Temple en el Bierzo es merecida, no en vano sus principales bastiones al noroeste de nuestra península se ubicaban en Cornatel y en el majestuoso castillo de Ponferrada, levantado por ellos mismos sobre unas ruinas posiblemente visigóticas, este último era eventualmente residencia del Gran Maestre de la Orden.

Las capas blancas de los caballeros Templarios ondularon por las salas y torres de aquellos castillos bercianos, patrullaron por sus caminos y cabalgaron por entre aquellos bosques sobre sus corceles. Si alguna vez veis como la niebla del Sil avanza sobre la espesura, no es difícil imaginar alguna de aquellas escenas medievales.

Ponferrada, gloriosa capital del Bierzo, recibe su nombre de un antiguo puente fortificado sobre el Sil, luego sustituido por otro de piedra de sillería de un solo arco. Este puente formado sobre los peñascos de la una y otra parte del río se hallaba fortificado con gruesas barras de hierro por lo que se le llamaba Pons Ferratus.

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Puente principal de la entrada al Castillo templario de Ponferrada

Decían los cantares que cierto día, un caballero de la Orden del Temple, cubierto de sangre, calbalgaba de regreso a Ponferrada. Venía de la Batalla de Alarcós, una estrepitosa derrota que desestabilizó el Reino de Castilla hasta la victoria años más tarde en las Navas de Tolosa. Una jornada antes de llegar a su destino tuvo una visión: sobre la copa de una encina vio la imagen de una mujer con un niño en brazos. Cuando llegó a Ponferrada contó la historia a sus hermanos de armas, todos atribuyeron la visión a un buen augurio, pues había visto a la mismísima Virgen. Se acercaban al fin los buenos tiempos.

Años más tarde, habiendo aumentado la población de la Villa de Ponferrada, los Templarios decidieron fabricar una fortaleza que la protegiese contra los ataques de los moros o contra las continuas revueltas civiles propias de aquellos siglos. Era el año 1212 —el año de la victoria de Las Navas de Tolosa—, y salieron a talar un encinar cercano para utilizar su madera en la construcción del nuevo castillo.

Eran muchas y seculares encinas, y comenzaron a talar no muy lejos de la actual fortaleza. Al primer hachazo, aquel veterano de Alarcós, rompió el tronco de una encina dejando al descubierto una imagen de una Virgen Negra. Dicen que aquel golpe llegó á rozar la frente de la talla y que la señal aún se puede apreciar hoy (desgraciadamente aun no he podido visitar la imagen con un teleobjetivo para comprobar tal afirmación).

Los Templarios celebraron tan feliz hallazgo acudieron todos a adorarla y sin dilación alguna hicieron fabricar una capilla en aquel mismo sitio, en la que colocaron la santa imagen a la que llamaron de la Encina.

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grabados en las paredes de la Basílica

Lo que supieron los Templarios después fue que, aquella talla, tenia una historia propia. Era la misma imagen de la Virgen que Santo Toribio había traído de Jerusalén en el siglo V y que se colocó en la antigua catedral de Astorga, en donde fue adorada por 300 años, teniendo que ocultarla los fieles cristianos en el año 714 por miedo al saqueo sarraceno. Siendo llevada a un encinar alejado de Astorga, justo donde la encontraron los templarios en el siglo XIII, en el hueco de una robusta y corpulenta encina.

Más de cuatro siglos habia permanecido la imagen de la Virgen en el hueco de aquella encina.

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grabados en las paredes de la Basílica

La pequeña capilla de la Encina pronto se quedó pequeña. La devoción de las gentes y el desarrollo de la Villa hizo que la Orden, que disponía ya de grandes recursos, construyese una iglesia mayor (desconozco si en el mismo lugar o en diferente, ya que este dato no se menciona en las crónicas). En el nuevo templo la colocaron en su altar, y durante 200 años fue objeto de adoración por parte de los caballeros Templarios y de los habitantes de Ponferrada, además de los numerosos peregrinos y visitantes.

A la poderosa Orden del Temple le llegó su hora, como sabemos. Habia sido elegido en 1305 para la silla de San Pedro el arzobispo de Burdeos Berlrand Got bajo el nombre de Clemente V. Este Pontífice había prometido residir en Francia y se estableció en Aviñon. Así, los Papas, colocados bajo la mano de la Francia perdieron á la vez su independencia y su prestigio. Clemente V dócil instrumento de Felipe el Hermoso, que deseaba apoderarse de las inmensas riquezas de la Orden del Temple prepara y consiente su abolición.

Pero en España las cosas fueron diferentes, los Templarios de Aragoón que tenian plazas fuertes se encerraron en ellas y se resistieron principalmente en el famoso castillo de Monzon. El rey de Aragón ordenó la entrega de estos fuertes y los bienes se dieron a la Orden de Montesa, en la que entraron la mayor parte de los templarios. No era posible en la España de aquellos tiempos pensar en proscribir los viejos defensores de la cristiandad. La conducta de los reyes hispanos, y de muchos otros países, fue la censura más amarga de Felipe el Hermoso y siempre se hablará de la forma en que los reyes de Castilla y de Aragon trataron a los Templarios en aquellos difíciles momentos.

El concilio de Salamanca hizo de Ponferrada una posesión del rey Fernando IV, en el año de 1310. Desde entonces esta ciudad pasó á ser parte de los dominios de la corona de los reyes de Castilla y de Leon. La imagen de Nuestra Señora de la Encina, tan venerada por los caballeros Templarios no lo fue menos por los monarcas castellanos.

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Pórtico a la entrada de Basíica de la Encina

La fama de sus milagros atraía gran cantidad de peregrinos, que acudían a su santuario desde todos los pueblos de las Españas. La villa de Ponferrada, a la sombra de su famoso castillo, fue creciendo cada vez más, haciendo que aquel segundo templo fabricado por el Temple se quedase pequeño para recibir a los fieles. En tiempos del rey Felipe III se comenzó á edificar el templo que aun hoy existe. Su torre, toda de sillería cuadrada y de cuatro cuerpos, se eleva a ciento diez y siete pies y es de elegante y magestuosa arquitectura.

Muchos reyes de España han profesado una singular devoción a la imagen de Nuestra Señora de la Encina. Felipe V, el fundador de la dinastía de Borbon, ordenó por medio de una Real Cédula al Dean de la santa iglesia catedral de Astorga:

Manifestándole que teniendo especial devoción á la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Encina, Patrona de la villa de Ponferrada, y deseando manifestarlo he resuelto encargarle pasase en persona á la referida villa de Ponferrada á decir una misa en el altar de la santa imagen por su Real intención. Al mismo tiempo reconózase qué género de don es mas necesario para el culto y adorno de la imagen debiendo dar aviso al secretario de la Cámara y Real Patronato.

Así, el dean de Astorga, asistido de cuatro canónigos, un coro y los músicos de la catedral se trasladó a Ponferrada a cumplir el regio mandato celebrando con gran pompa y solemnidad una misa el día 30 de agosto. Tras la misa, el dean, siguiendo las instrucciones del rey escribió diciendo que lo que más necesitaba aquella Virgen para su culto era un trono de plata.

El rey no solo lo concedió sino que mandó construir en el mismo año de 1707 un pequeño pero magnífico camarín en el que colocaron seis espejos venecionaos con marcos de acero y sobrepuestos de bronceados y cristal tallado.

Fernando VI también realizó alguna que otra donación para el templo de la Virgen de la Encina. Envió su retrato y el de su esposa la reina doña Bárbara de Braganza que fueron colocadas en medio de las muchas pinturas que se habían ido donando a lo largo del tiempo para decorar las paredes de aquel templo. Varias crónicas destacan un magnífico cuadro de siete varas y cuarta de largo por cuatro y tres cuartas de alto que representaba la batalla de Lepanto muy común en los templos marianos españoles.